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Tiempo de ironías – Cocó Garzón

No recuerdo haber pasado un tiempo ni similar al que estamos transcurriendo y eso que en más de medio siglo he asistido a grandes avatares.

Es que esta vez el mundo se dio vuelta, no solamente mi propia realidad,  mi ciudad,  mi país, me refiero al mundo todo, sin fronteras, más allá del hemisferio y de los océanos.

Resulta que este “bicho” nos ha hecho evidente lo que siempre debimos saber y es nuestra propia vulnerabilidad.

Hasta la llegada del Covid-19, los avances de la ciencia nos llevaron a  pensar que casi todo estaba resuelto y la pequeña parte a la que aún y solo aún no le había dado solución, era porque le faltaba ese poquito para erigirse en Dios.

Los científicos que pasaban sus días en silencio dando tiempo a sus “intentos” para ver si servían, tratando una y otra cosa para que a fuerza de prueba y error pudieran avanzar lentamente, hoy trabajan contra reloj y las horas del día no les permiten perderse en intentos fallidos.

Los médicos y trabajadores de la salud, que tenían más victorias que fracasos ante los males del cuerpo, hoy transcurren sus días sabiendo que sus conocimientos no serán suficientes y que no cuentan con los implementos necesarios para la gran batalla por llegar. En sus trincheras esperan impotentes el avance del enemigo al que deberán hacerle frente, con lo que tengan, con lo que puedan, poniendo en juego sus vidas.

El miedo nos ha hecho saber que el dinero que debimos darle a la salud no era gasto, era inversión.

Las fuerzas de seguridad que se prepararon para luchar, ahora protegen a la gente de su propia estupidez. Cientos de personas siguen transitando con permisos falsos o sin ellos, violan el aislamiento con reuniones y objetan la sanción. Se jactan de su temeridad en las redes y hacen circular videos en donde muestran cómo pudieron eludir controles. Todo en ratificación clara de la teoría de Einsten: nada es tan infinito como la estupidez humana.

De esto debiéramos aprender dos cosas: Primero, dejar de vapulear a los que se juegan la vida para protegernos y segundo, que solo la educación podrá salvarnos.  

Nosotros, los que acatamos la cuarentena, los que ya sabemos que “la viveza criolla” solo nos conducirá a la muerte, esperamos que nos digan qué hacer. Confiamos en los dirigentes, aun no creyendo en ellos, porque no hay alternativa, porque debemos obedecer a aquellos que como pueblo elegimos para comandar.

Olemos a lejía, andamos con un vaporizador por la casa tirando alcohol 70/30 en cual superficie aparezca y cantamos cientos de cumpleaños feliz mientras lavamos nuestras manos a cada rato. 

En otros tiempos, que ahora me parecen lejanos, recuerdo haber deseado estar más con los que comparto la casa y la vida. Ahora he descubierto que son desconocidos, porque nadie es el mismo cuando está en cautiverio.

Todo está patas para arriba, lo que antes nos desvelaba ahora está “en pausa”, de pronto somos conscientes de la cantidad de afectos que tenemos, de la ropa en el placar que nos parece ajena, el auto que tantos desvelos costó conseguir hoy no nos lleva a ningún lado y los niños de la familia crecen ante una pantalla y sin besos.

Tiempo de ironías en el que tenemos mucho para aprender, la primera gran lección es saber que no somos uno, que de mí también depende el resto y eso me genera una gran responsabilidad. No hay donde escapar por lo que deberemos salvarnos todos, de otra manera sí que NO sirve.

Cocó Garzón,

57 años. 

Abogada y escritora

Córdoba Capital, Argentina

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