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Corresponsal de guerra – Mariana Otero

#Día 58 (16 de mayo). Hoy salgo a la verdulería por primera vez en mucho tiempo. Una rutina insignificante se convirtió en un evento. La acepto con el espíritu de un corresponsal de guerra, pensando en rescatar lo que vea en un barrio casi desierto. Por suerte, la montaña, las hojas ocres y el río donde pastan los caballos permanecen como una postal eterna. 

Pongo un pie en la calle, las cotorras chillan más que siempre (¿o será el silencio?) y camino hacia mi destino. Una vecina limpia la calle y me saluda incómoda. Unas casas más allá, una pareja muestra su cara al sol de este otoño benigno, que se apiada de nosotros. No hablan, se acompañan en la tibieza del ambiente. Otros pasos, los perros aburridos me ladran. Sigo. 

El silencio deja escuchar los interiores de viviendas llenas de gente. Una niña pide pan con dulce de leche, una mujer se queja porque -dice- está harta del encierro. Se escucha una escoba frenética, que barre y barre. Es una de esas de paja dura, que hacen ruido. 

También oigo la música de una FM que trata de levantar el ánimo. En la esquina un niño de unos 8 años con barbijo rojo pasea a su perro, van solos. Metros más, un R12 destartalado y pintado de turquesa frena antes de cruzar la plaza, va lleno de gente. ¿A dónde irán? Un motociclista joven acelera en la avenida, va sin casco, pero con barbijo. 

Son las 12. Regreso con un kilo de tomates y dos de mandarinas. 

 

Mariana Otero

52 años

Periodista

Carlos Paz, Córdoba, Argentina

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