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Y la banda siguió tocando – Santiago Marini

 Una escena familiar: filas espaciadas para entrar al supermercado, góndolas medio llenas y medio vacías, acrílicos delante de cada caja. Una voz entrenada para seducir con promociones y descuentos que ahora exhorta a que no compres más de lo que necesitás. Una persona con barbijo que, mientras elegís entre los dos cortes de carne que quedan, te pide que te pares un poco más lejos. 

–Yo tengo un protocolo para entrar a mi casa –dice Pablo Brítez, repositor en el Carrefour de Santa Fe y Pacheco, en Martínez–. Dejo las zapatillas, mi mujer me pasa una muda de ropa y me voy a bañar a una ducha que tengo afuera, porque tengo a mi viejo diabético viviendo conmigo. Hoy justo hablaba con un compañero de seguridad que me decía que cuando llegaba a su casa no podía contener las ganas de llorar. Y yo estoy todas las noches que no puedo dormir pensando en esto. Esto me genera una frustración que no te puedo mentir, me la llevo a casa, voy y vengo y siempre con esta misma frustración. Es todos los días, es agarrar el celular y es coronavirus, prendo la tele y es coronavirus, no puedo salir de eso. 

Pablo mira al estante vacío. Se queda pensando; mueve apenas la boca, como si masticara algo. “Pero esta es la naturaleza, es la naturaleza que nos está devolviendo lo que le hicimos”, dice al final. 

No sabemos, pero eso no importaba demasiado antes y menos ahora. Más que nunca, hoy la palabra es un analgésico, una forma de rotular y apaciguar la angustia. Hablamos con amigos olvidados y con familiares que antes nos invitaban al suicidio. Dilucidamos, por la mitad del televisor que se puede ver desde nuestro balcón, quiénes son los vecinos que antes preferíamos evitar; cómo piensan, cómo se preocupan, de qué chistes se ríen aun en este contexto. Especulamos con el ocaso del capitalismo, con la remanida vuelta al edén de la tierra verde y las frutas propias, con la sofisticación del panóptico y el desembarco definitivo del Estado de Vigilancia. Repetimos como propios ganchitos que suenan bien, retruécanos que transmiten calma ante una incertidumbre a veces abrumadora. 

“Estamos en la calma que antecede a la tormenta”, le dice desde el Hospital de San Isidro a la cámara de Telefé Daniel López Rosetti, médico devenido en divulgador antiestrés. 

El 3 de marzo los grandes medios respiraron aliviados: un caso en Argentina. Los desastres de Italia y España no existían y el coronavirus era todavía un fantasma que asustaba pero no mordía. La olla había estado silbando en el fuego todo el verano, y peor hubiera sido levantar la tapa y que no hubiera nada adentro. La obliteración de la agenda de epidemias locales como el dengue y el sarampión estaba justificada. 

Hubo, al principio, cierto goce en la clase media que mira a Europa con la nostalgia de lo que nunca sucedió: volvíamos al mundo. Éramos parte de la galaxia hiperconectada. En las notas de los diarios extranjeros habría un párrafo para nosotros, o por lo menos una línea. 

“Me gusta”, dice Nadia Ferrato, enfermera, sobre la repentina consideración hacia la salud pública y los aplausos de las 9, provenientes a veces de las manos que ayer la desdeñaban. “Emotivamente todo esto me afecta mucho, claro, cambia la vida personal. Para hablar con cualquier persona ya ponés una distancia que antes no ponías”. 

En esta semana detenida, Luis M. y Pablo V. juntaron entre unas cañas a la vera de las vías del tren Mitre seis bolsones con plásticos, papeles y cartones. La cuarentena los encuentra en situación de calle: tienen cosas que quisieran vender, como siempre, a 4 pesos el kilo, pero no tienen a quién. Por ahora se las arreglan tocando puertas de comercios y acudiendo a la voluntad de la gente que, cada tanto, todavía pasa.  

–Ayer fuimos a pedir menudos a una carnicería, en una fiambrería nos dieron dos pancitos y nos hicimos un guiso. Con dos medidas de alcohol en una lata de atún nos alcanza para prender un fuego y cocinar lo que sea –dice Pablo.

El día que empezó la cuarentena los paró la policía y les avisó que no podían seguir cartoneando. Tenemos orden de llevar a todo el mundo detenido, dicen que les dijeron.

–Y yo le dije, a mí me sirve que me llevés detenido. Por lo menos voy a tener algo de comer, dónde dormir y donde bañarme. Ahora nos estamos bañando ahí atrás, entre las cañas esas. Pero ahí consultaron y nos dijeron que no nos podían llevar –cuenta Luis.  

El carro descansa a un costado, rebosante de material reciclable, cubierto con una lona. Pablo espolvorea más azúcar en el mate. La radio recita una llovizna bajita, indescifrable.    

–Ahora no sé qué vamos a hacer. La policía nos echa de allá, venimos para acá, nos echan de acá y vamos para allá. Si yo tuviera donde ir estaría cumpliendo con la orden del Presidente. Pero no tenemos. No tenemos nada para hacer. Por lo menos tenemos la radio esta –retoma Luis.

–¿Y qué escuchan? –les pregunto.

–Radio Mitre –dicen a coro. 

Si hacemos el experimento del alien y nos imaginamos a la humanidad como un montón de hormigas o de canicas, lo que vino primero fue una epidemia de miedo. Químicamente, ciertas alarmas se prendieron en simultáneo en los cerebros de millones de personas. De la noche a la mañana estábamos perfectamente dispuestos a reportar las transgresiones de nuestros vecinos a las autoridades. Estábamos dispuestos a renunciar a movernos con libertad. El miedo nos dio un enemigo y el enemigo nos dio un sentido, en una época que no los tiene. Adoptamos un humor de guerra. Por supuesto, todo tiene un marco y una justificación: la cuarentena obligatoria será para algunos la mejor medida y para otros no tanto, aunque nadie discute su espíritu ni la velocidad con que se implementó. Pero si a alguien le interesaba saber qué hacía falta para que el grueso de la sociedad depusiera todo lo que depuso, ahora sabemos: la línea la traza una gripe al cuadrado, –al menos– doblemente agresiva y contagiosa. 

 

 

“No nos abandonen, no somos unos chetos” titula el 26 de marzo el diario La Nación. 

–Por ahora no bajamos más gatitos ni abrimos más puertas –dice Daniel Gallego, jefe del cuerpo de Bomberos Voluntarios de San Isidro–. Cambiamos todo el sistema: pasamos de tener guardias de 30 personas a guardias de 8, y damos solo respuesta a rescates e incendios.

Cada vez que cambia la guardia, Daniel explica la secuencia que se lleva a cabo en el cuartel: se desinfectan manijas de puertas, volantes, palancas de cambios, picaportes y fichas de luz. Además compraron productos de limpieza y alimentos como arroz, fideos, pollos, papas y cebollas.  

–Pasa esto, muchos bomberos no están trabajando, algunos cobrarán, algunos no, y la idea es que puedan dar el servicio, cuidar a la gente y no gastar plata. Porque si encima de que no cobran, dejan a sus familias y ponen en riesgo sus vidas tienen que pagar, me parece que es injusto.

Desde que empezó la cuarentena el cuerpo recibió solo cinco llamados de emergencia, en contraste con los cinco diarios que recibían en un día corriente. Con treinta y cuatro años de servicio en la espalda, Daniel Gallego dice ciertas cosas con una mesura que quizás no usaría si no estuviéramos en su despacho.  

–Yo soy apolítico, pero creo honestamente que el gobierno puso lo que había que poner para frenar esto en el momento adecuado. Estoy un poco indignado porque veo mucha gente en la calle, más de la que tiene que haber. No podemos ser tan ciegos, tenemos que darle a esto la importancia que se merece. Esto viene para largo y va a ser difícil. 

No sabemos, pero hay consensos. Esto viene para largo. No habrá vacunas. Los contagiados se van a contar en millones. Podrán llegar tratamientos, pero recién en un año nos enteraremos de los daños colaterales. No sabemos, tampoco, cómo está la pulseada entre el remedio y la enfermedad: a cuánta gente estaremos confinando a una estadía indefinida con un abusador, un golpeador, un padre violento; a cuánta gente esta cuarentena puede afectar o desestabilizar psicológicamente, a cuánta gente puede dejar sin trabajo. 

Va a empezar a haber más ventas de cremas, eso seguro –dice Julián D., cajero en la misma sucursal de Carrefour, con las manos como la corteza de un árbol–. Estás todo el día tocando billetes, así que te tenés que lavar todo el tiempo, pero la piel no se la banca.  

En dos semanas Julián va a saber si lo efectivizan: está a punto de cumplir los tres meses de prueba. A la alegría del trabajo en blanco la eclipsa la tajada que se lleva la agencia de Recursos Humanos por la que lo consiguió.

–Si no me efectivizan me voy a la Patagonia y se van a la concha de su madre.

Por cómo se dio la situación, y por las ausencias de compañeros que están en grupos de riesgo o tienen hijos, Julián está trabajando jornadas de ocho, diez o doce horas cuando lo habían contratado para cuatro. Julián es elocuente, y sospecha que este parate va a calar hondo en la cosmovisión de las personas.

–Por ahora sigue todo en el plano económico, cotidiano, pero esto es paradigmático. Podés darle una explicación científica por el mal manejo demográfico, podés abonar la teoría conspirativa que te guste, que se escapó de un laboratorio, pero lo que importa es si cambia la mentalidad. Hay personas que ya lo estaban esperando, hay gente que en un punto está contenta con esto, que lo estaba esperando como una depuración, no por las vidas que se pierden sino como una oportunidad de revisarse a sí mismos. Igual yo estoy en el grupo de los que les toca salir a laburar y ves la romantización, la visión de laburar como acto heroico cuando en realidad no te queda otra.

Julián está, dice él mismo, lanzado a la existencia. No le preocupa qué va a pasar, qué le puede pasar: es como cuando se sube cada mañana a su bicicleta, como el riesgo que toma cuando cruza cada semáforo por más que esté en verde.

–Viste que pusieron el acrílico, pero eso debería ser más un cubículo, así no sirve. La gente se para al costado del acrílico para poder hablarte, porque la parte humana es más automática y más fuerte. La proximidad tira más -dice, retomando la peripecia laboral-. Es gracioso, porque al principio venían y se llevaban compras como para un año, y ahora todos se quieren llevar dos boludeces para por lo menos tener este paseo todos los días.   

*

Reemplacemos Dios por Naturaleza en todas las diatribas que escuchamos estos días y rebobinemos dos mil años en el tiempo para encontrarnos con un ente sabio, vengativo y con una voluntad deliberada. 

El colapso o la supervivencia de los quistes y mañas del sistema seguramente dependan, al final, de la gravedad de la pandemia. Si nos levantamos mañana y nos enteramos que del otro lado del mundo un chino encontró la cura, volveremos a nuestras ipas antes de que se terminen las noches de calor. Si el coronavirus se mantiene, como hasta ahora, expansivo y elusivo, y se lleva puestas a millones de personas en todo el mundo, es probable que haya una diáspora desde las ciudades hacia las provincias, un movimiento inverso al de los últimos dos siglos que, en el vacío, suena bastante intuitivo. Si no sucede ni una cosa ni la otra y el virus muta y pervive sin volverse devastador, quizás nos acerquemos más rápido de lo pensado al futuro de la vigilancia permanente y la muerte definitiva de la privacidad. No sabemos, pero en todo caso será lo que sea y a eso nos acostumbraremos, y ninguno de nosotros podrá hacer nada al respecto de nada. 

Escondido entre escenarios apocalípticos o bucólicos, lo más probable es que cuando la espuma baje todo siga más o menos igual. Los mercados financieros habrán ordeñado este año algún dólar menos del juego que norman y fiscalizan. Y quizás ni siquiera eso; como los gatos, sabemos que caen de pie sin importar cuán cerca del piso uno los suelte. Para hablar de resiliencia, el mundo financiero: una máquina de reinventarse, aspirar hondo y seguir adelante. 

 

 

La china del súper prefiere no decirme su nombre, así que llamémosla Andrea.

–¿Para qué querés saber? Me está haciendo mal. Todo susto –dice.

Le pregunto primero por su origen chino: Pukia. Un pueblo. Provincia. Lejos. 15 años. Argentina bastante lindo. Más problema ahora. Hay que acostumbrar.  

Y por último, por los faltantes, cosa de la que se quejaba cuando entré.

Algunos productos sí está faltante, pero por el feriado, no por el… no por el… vos sabés. Es por el tema del feriado. Está todo bien

 

Publicado en la revista digital La Agenda (10 de abril de 2020)-

Santiago Marini

Músico y periodista

Estudiante a distancia de la Universidad Blas Pascal 

 

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