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Como un espiral de humo – María Inés López Fabre

 

La extensa duración del aislamiento social, preventivo y obligatorio como consecuencia de la pandemia nos había desgastado enormemente a todos. No solo por el temor al contagio (por lo menos al comienzo), sino por la preocupación en relación a un  futuro incierto cuyo rostro ignorábamos y a una economía precaria preñada de malos presagios.  La imposibilidad de visitarnos con nuestra familia extendida y amigos también abonó ese desgaste que en algunos generó rebeldía y en otros, una mezcla de obediencia y resignación  con tal de que todo acabara pronto.  Yo ansiaba reencontrarme con mis amigas del barrio. De  modo que, cuando se anunció que se flexibilizaba  la cuarentena y reabrirían  bares y restoranes, lo primero que hice fue invitarlas a tomar un café ese sábado por la mañana.  Rogaba que nuestro bar preferido, cómplice de nuestras memorables charlas, siguiera en pie y no hubiera sucumbido, como tantos otros, cuyas puertas ya no volverían a abrir.

 

Nos habíamos dado cita con Paula y Lucía en el bar de la esquina de 25 de Mayo y Félix Frías, en pleno corazón de barrio General Paz.  Había estacionado el auto a media cuadra. Desde allí pude ver las mesitas en la vereda. Respiré aliviada. “Nadie muere en la víspera”  pensé en voz alta. La mañana estaba ideal para compartir una charla con amigas. Necesitaba despejarme un poco, huir de la rutina de la casa. Llegué puntual (diez minutos antes), lo que en mí era todo un logro. Saqué el diario de la mesa vacía de al lado  y busqué el horóscopo.    “PISCIS: Prepárese, todo lo que emprenda en esta jornada tendrá un final exitoso.”

A los escasos minutos de estar allí, Paula mandó un whatsapp al grupo excusándose de no poder asistir. Casi en simultáneo, Lucía comentó que tampoco acudiría a la juntada.  No voy a negar que me sobrevino una suerte de desilusión repentina, pero luego,  me repuse rápidamente al recordar que estaba sola, alejada de los quehaceres domésticos y de dos adolescentes que se  pasaban todo el día contestando con monosílabos y con sus manos adheridas al celular como un guante.  Respiré hondo y sentí una felicidad inusitada. Estaba decidida a disfrutar cada segundo de esa libertad “condicionada”. Tomé la carta y me dispuse a pedir un desayuno. El “Campestre” estaba bien. Le hice una seña a la moza.

Mientras aguardaba que se acercara, las voces bajas de la pareja de atrás captaron mi atención. No podía verlos, pero las mesas, si bien respetaban la distancia social,  estaban lo suficientemente cerca como para que escuchara lo que decían. Quizás, lo que me atrajo en un comienzo, fue el tono bajo (como hablando en secreto), pero perfectamente audible de ambos.

En eso vino la mujer a tomarme el pedido. Debo confesar que ya me había picado el “bichito de la curiosidad” y no quería perderme ninguna palabra. “Hola. Quisiera este”- le dije bajándome el barbijo y señalé con el dedo índice el tipo de desayuno que pretendía. Le entregué la carta como para impedir que dijera nada más.  Se fue y seguí escuchando.

“¿Qué vas a hacer con el cuerpo?” -dijo él.  A esa pregunta le siguió un silencio perturbador, inquietante.  Intenté disimular que estaba oyendo todo, colocándome alcohol en gel en las manos y haciéndome la que leía mensajes del teléfono móvil. De paso, aproveché para silenciarlo. A partir de ese instante ya no pude concentrarme en otra cosa. Esperaba, como nunca, que se hubieran olvidado de mi pedido. No quería interrupciones de ningún tipo.

Las medialunas y las tostadas con pan de campo se habían esfumado de mi mente como por arte de magia. Hacía esfuerzos por seguir escuchando pero, nada. El aroma inconfundible del café expresso intentaba desconcentrarme insistentemente.

La respuesta de la muchacha tardó en aparecer. Pensé que quizás  se la habría dicho al oído. Sin embargo, luego de unos segundos (que creí eternos), en los que en mi cabeza había comenzado a imaginar rostros, gestos y miradas, ella pronunció  con claridad: “Se lo di a los cerdos para que se lo comieran”.

Un escalofrío corrió por mi espalda. Me quedé inmóvil como una piedra. Todos mis músculos estaban en tensión. “Sin cuerpo, no hay delito”- pensé rápidamente.  No sabía de quién hablaban, pero había algo seguro: alguien había cometido un crimen y ambos estaban involucrados. Tuve el impulso de darme vuelta, pero justo en ese momento llegó la moza excusándose con mil palabras ruidosas por la tardanza y colocó el desayuno  sobre la mesa. Me preguntó si iba a preferir azúcar o edulcorante. “Nada. Gracias” -respondí impaciente. Lamentaba ser descortés, pero ansiaba que se alejara lo antes posible para seguir escuchando.  Solo quería darme vuelta para identificar a la pareja.

Cuando por fin lo hice, advertí con asombro y decepción que ya no había nadie en la mesa de atrás: solo dos pocillos de café vacíos, el ticket y la propina. Experimenté una sensación de impotencia indescriptible. Sin embargo, no podía quedarme de brazos cruzados.  Admito que jugar con la idea de resolver ese enigma me había entusiasmado por demás; pero tampoco iba a renunciar, así como así, a la posibilidad, aunque fuera remota, de  dilucidar qué había sucedido realmente.

Me levanté como un resorte y fui hasta la barra.  A un muchacho de anteojos,  que jamás había visto, le pregunté quién tenía a cargo la mesa que estaba detrás de la mía. “Anto” – me dijo. “Pero ya terminó su turno y se fue”- agregó sin quitar sus ojos de la computadora-  “¿Algún problema?”.  Enunció la pregunta mirándome por primera vez; yo negué con la cabeza.  Me volví a sentar. El desayuno “Campestre” se había enfriado sin remedio.

Maldije mi suerte. Por un momento, ingenuamente,  me creí dentro de una de mis series policiales preferidas.  Me quedé con varias hipótesis dando vuelta, pero con ninguna posibilidad de resolver el misterio.  Todo se había desvanecido como un espiral de humo. Recordé el horóscopo que había leído al llegar: siempre se equivoca, inevitablemente.

A través de los cristales, vi unos chicos que limpiaban los vidrios de los coches detenidos en el semáforo. El aroma del café expresso se había transformado: en ese momento olía a desamparo.

Por la puerta del bar, que había quedado entreabierta,  se coló una brisa que me pareció prodigiosamente fría y desoladora.

 

María Inés López Fabre

 51 años

Profesora y Licenciada en Letras Modernas (UNC)
Docente,  escritora,  coordinadora de Talleres Literarios. 

Córdoba Capital

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  1. Que buen relato, Inés!!! No podía ser de otra manera. Quiero un «Continuará»!!!